Lo irreverente: Mostrarse y dejar que hable lo invisible.

Dejar que el cuerpo hable es una forma de ser irreverente. El 8 de marzo doy luz a mi nueva web. En ella muestro lo que hago y algo más: dejo que hable lo invisible.

¿Cómo se puede retratar a alguien que trabaja con lo invisible? ¿Cómo dar espacio en el retrato a aquello que no tiene forma y sin embargo se percibe hasta el punto de ser certeza? Esa ha sido una de las preguntas de la historia del arte: mostrar sin mostrar, negarse a enseñar, copiar exactamente lo que se ve, abstraerse en formas y colores, deformar, replicar… parece que todo ha sido permitido en torno al retrato.

En la segunda mitad del siglo XX las artistas añadieron una posibilidad: retratarse para representar al resto de las mujeres sin rostro. Ellas  encarnaban los arquetipos, las formas de ser, las construcciones, las posibilidades, las heridas, las huidas de todas las mujeres. Uno de mis referentes es Cindy Sherman, una fotógrafa, directora de cine y artista estadounidense capaz de representar a cientos de personas en sus autorretratos. Sus fotografías hacen evidente que en cada individuo conviven muchos yoes aunque sólo sea uno el que lleve la voz cantante.

¿Cuántos yoes conviven en quienes se dedican a actividades creativas? ¿Es sólo el yo pintor el que toma el pincel? ¿Es un poema fruto exclusivamente de la voz poética?

Juega. Se irreverente. Antes de posar ante una cámara, pregúntate:

¿Cuántos mundos transmitirás con la mirada?

El XXI está siendo el siglo del selfie. Deberíamos estar acostumbrados/as a mirarnos ante el espejo. Sin embargo hacemos lo contrario: posamos como en una huida, con la misma mueca una y otra vez repetida. No miramos a quien aprieta el botón sino a nosotros/as mismos/as. Eso no equivale a mirarse desde fuera.

Cuando tenía 4 años (quienes hemos sido migrantes de en edades tempranas  es fácil que fijemos la memoria antes de lo que parece habitual) subí al terrado del edificio en el que vivía mi abuela. Alguna vecina había subido allí a secarse el pelo al sol. Recuerdo una melena negra, brillante, sin rostro. A los 4 años las niñas mayores te tratan como una muñeca, así que esa tarde tengo el vago recuerdo de ir de mano en mano, entre festejos.

No sé si lo pedí o quisieron asombrarme, pero me izaron por encima del muro para que pudiera ver la calle. El edificio hacía esquina, yo estaba en el quinto piso. Recuerdo lo lejos que me parecía la acera y en ella un adulto a mi derecha, que avanzaba hacia donde doblaba la calle y otro a mi izquierda, también dirigiéndose al mismo punto. Pensé: “ellos no lo saben, pero se van a chocar”. Aquella imagen y su idea determinó muchas de mis reflexiones infantiles. Había descubierto qué significaba verse desde las nubes, que era una forma de verse desde fuera.

En la adolescencia llegué a la conclusión de que si tomaba la distancia adecuada de mí, podría adivinar mi porvenir, al menos el inmediato, así que practiqué de mil maneras el desapego, el desafecto, la distorsión, el alejamiento, la observación…  Me pedía el cuerpo experimentar. Empecé por mí, continué con mi entorno y terminé cuestionando todo orden.

Quizá

Cuando me dicen “esto es”, mi voz de 4 años me susurra “probablemente se vaya a chocar” y la adulta que toma la palabra suele responder: “quizá”.

El día en el que Emilio Schargorodsky me hizo la sesión de fotos para la Web paseamos por Palma. Emilio me hacía parar y yo obedecía. Daba a botón de su cámara y yo aceptaba. “No, no, no sonrías, ponte seria”. Me di cuenta que era la primera vez que me ponía seria ante una cámara, normalmente o sonrío o hago el canelo. Horas después, cuando me enseñó el resultado vi algo de eso “invisible” que me acompaña, que no es bonito ni feo, que me empuja a seguir cuestionando el mundo y a ver en la oscuridad.

Lo invisible es la carne de la imagen como lo inefable da vida al poema. Lo que no “es” también nos constituye.