Esas verdades que palpitan en las dedicatorias

Soy de las que, cuando abren un libro, se detienen en la dedicatoria.
Me gusta imaginar ese vínculo íntimo ante el que su autor/a se rinde y que sitúa antes de la primera letra de su obra, a modo de llave de acceso. Me zambullo en su reconocimiento, palco especial, carne y huésped invisible del relato y me quedo en silencio. Son tan sólo un puñado de palabras, a veces a penas las siglas de un nombre, sin embargo ese guiño expresa la esencia del tiempo de la escritura, lo que permanece después de que el/la autor/a despierte del largo sueño de la creación.
Escribir es un acto solitario, silencioso y de largo aliento, parece reñida con la compañía y sin embargo ahí están las dedicatorias, para mostrar que un ser humano, tras poner punto final a su obra, vuelve sobre sus pasos, mira el que fue su horizonte durante meses o quizá años y dice lo que no ha cabido en su libro: “gracias, te reconozco, eres tú el pilar, la constante, la melodía de fondo, la musa, mi inspiración, te tenía en el corazón, flotabas entre las líneas, hasta aquí he llegado, he puesto pie en esta cumbre y es en tu nombre”. Oh, si, las dedicatorias hacen evidente que escribir es un largo viaje.

Te regalo esta huella, el aire en el que me sustento.

Leo las dedicatorias al menos dos veces, antes y después de haberme asomado al texto, porque siempre hay un antes y un después incluso en este minúsculo relato lleno de emoción. Me conmueven las escuetas: “A Steve, así de sencillo”, escrita por Jane Smiley en Heredarás la tierra; “A Conchita, mi mujer desde hace cuarenta años. Nuestro amor es ya casi un incesto”, por Jaime Campmany en El pecado de los dioses; “A la memoria de mi padre (1897-1971), que fue químico y buena gente”, por Mario Benedetti en Primavera con una esquina rota. Me gustan porque sin decir demasiado te sitúan en medio de un mundo íntimo y verdadero. “Empecé este libro para Holly, lo terminé para Maddy” cuenta Neil Gaiman en Coraline.

Me atrapa la contención de quienes apuestan por esconder la identidad de su musa entre siglas: “Ok – me digo – quien la ha redactado sabrá quién fue la persona que sostuvo el aliento del texto, pero yo lo he entendido y, además, fue escrito precisamente para que miles de personas como yo tengan en sus manos esa huella anónima”. Una dedicatoria es también un regalo para quien la lee, testigo mudo del reconocimiento. “Te regalo esta huella, el aire en el que me sustento”, siento que me susurra el/la autor/a.

Pensando en esas ávidas lectoras de dedicatorias, escribo este artículo. Desentrañaré para ellas una dedicatoria de cuya carne sé.

Unas líneas que te hacen amar la historia antes de leerla.

La dedicatoria de un libro es una raja abierta en la piel de quien escribe. Iluminada por la luz que la atraviesa, la lectora que soy imagina a su autor/a formulando las frases que quizás sean las más honestas del libro que ha escrito. Cuando cambio el paso y soy yo la que escribe, sufro un extraño olvido. De nada vale haber sido embrujada por aquellas dedicatorias que te predisponen a amar la historia antes de haberla leído. Antonie de Saint-Exupéry se expresó así en El principito:

“Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Tengo una seria excusa: eta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo. Perot tengo otra excusa: esta persona mayor es capaz de comprenderlo todo, incluso los libros para
niños. Tengo una tercera excusa todavía: esta persona mayor vive en Francia, donde pasa hambre y frío. Tiene, por consiguiente, una gran necesidad de ser consolada. Si no fueran suficientes todas estas razones, quiero entonces dedicar este libro al niño que fue hace tiempo esta persona mayor. Odas las personas mayores antes han sido niños (Pero pocas de ellas lo recuerdan). Corrijo, por consiguiente, mi dedicatoria: A León Werth, cuando era niño”.

La verdad atrapa.

La que lee no olvida, la que escribe, en cambio entra en una dimensión espacio temporal distinta. Carmen Martín Gaite me ha atrapado en dos ocasiones con relatos más breves e igualmente carnales. En Entre visillos me hizo sonreír con ternura: “Para mi hermana Anita, que rodó las escaleras con su primer vestido de noche, y se reía, sentada en el rellano”. En Nubosidad variable me inquietó: “Para el alma que ella dejó de guardia permanente, como una lucecita encendida, en mi casa, en mi cuerpo y en el nombre por el que me llamaba”. ¿Quién sería ella?. Supe, mientras iniciaba el relato, que se trataba de su hija, Marta, quien murió a los 30 años.

No, no le he dedicado ningún libro a mi hermana. Tomo nota. Quizá porque pertenezca a ese tipo de autoras que dedican sus libros a sus mundos paralelos. Desde que leí la dedicatoria de Juan Ramón Jiménez en Platero y yo no puedo evitar relacionar al autor con una loca de la calle del sol… (“A la memoria de Aguedilla, la pobre loca de la calle del sol, que me mandaba moras y claveles”). Platero, la loca que le mandaba moras y claveles, y Zenobia Camprubí (su esposa) son, para mí, el triángulo de referencia de este autor.

O quizá sea que la vida, de la que escribo, me desborde. Hay autores que cambiaron la dedicatoria en las reediciones de la misma obra, demostrando que la vida gira y sólo el relato permanece. En la primera edición de La familia de Pascuas Duarte Camilo José Cela recordó al dramaturgo Victor Ruíz Iriarte. Cuando el libro vuelve a aparecer en librerías en 1973 ofrece un giro inesperado: “Dedico esta edición a mis enemigos, que tanto me han ayudado en mi carrera”. A veces la vida da tantas vueltas que aquel que era un amigo se convirtió con el tiempo en algo más. Me sucedió a mí, aquel a quien llamé “Viernes” como la excepción isleña de una náufraga terminó siendo mi acompañante de vida.

Cuando una lectora atenta a las dedicatorias escribe una

Cuando paso a ser la que escribe la dedicatoria me azoro. Rebusco en mi corazón los ecos de quienes me acompañaron en la sombra, aquellas que se fueron ganando un sitio en el libro a medida que este iba tomando forma. Le digo a mis vísceras que no tienen que ser las más importantes de mi vida sino las más importantes de ese relato que pronto dejará de ser absolutamente mío. Sostengo el relato entre manos, cierro los ojos y trato de olerlo con los poros de mi piel.

Mediterráneo de vientos y diosas nace de la vida; cada suceso narrado en él pasó antes por mi dedos, por mi boca, por mis sábanas y por la piel de quienes me acompañaron en la travesía. Cada frase del libro hila las sombras de mis mundos interiores y los reflejos de otras vidas, enhebro auroras rosadas, lunas, espuma, el anaranjado ocaso, ausencias, vientos, golpes de timón, paisajes, arròs de peix, acordes de guitarra, corazones rotos… y todos esos elementos que en la vida cotidiana apenas apreciamos pero que a bordo de un velero recuperan su divinidad, como una buena ducha de agua dulce.
Imagina que tienes ese tipo de relato en tus manos, que le has dado calor como una gallina clueca durante meses, que habla por tí y por un montón de personas… y ahora añade, para colmo de emociones, que se trata del libro con el que estreno un sueño: mi pequeña editorial.

¿Quiénes crees que se asomaron a la dedicatoria?

Le pregunté a mis entrañas a quién miraban mientras yo escribía. Es decir, a quién tenía presente, casi sin saberlo, mientras engarzaba puntos, olas, alientos y ouzos. Le pedía a mis tripas que me revelaran quiénes alentaban de forma silenciosa mi teclado. Y así, fueron tomando su sitio los protagonistas de mi dedicatoria, sin contar conmigo, sin prestarme la más mínima atención. Mientras se ponían en su lugar yo me limitaba a escribir las dos primeras palabras de referencia, el marco de su retrato: “Dedicado a…”. En la primera fila se sentaron quienes “aman el Mediterráneo”, es decir, quienes, sintiéndose parte de él, quieren su bien y el de quienes en él habitan, “los que lo atraviesan de manera consciente y velan por la vida”. Entre ellos reconocí a los humildes pescadores que lanzan sus redes cada vez más vacías, la historiadora capaz de hacerse la pregunta más antigua, el turista que terminó fijando su residencia en una isla remota, la bióloga que sigue rescatando especies singulares, el agricultor que se empeña en preservar la vida entre las rocas, la médico que dedica su tiempo libre a las personas que llegan a las islas en barcazas…

Junto a ellos llegaron “quienes se subieron a bordo el GoOn física y/o virtualmente”. Claro, este texto que hoy es libro fue antes un blog de viajes que el año pasado pude compartir fuera de mis ámbitos habituales. Navegar de este modo convierte las travesías en particulares milhojas temporales: la base es la experiencia que pasa por el cuerpo, la crema está hecha de silencio, aquel en el que me quedo atrapada imaginando aquello que luego contaré, la nueva capa de masa quebrada toma cuerpo cuando me pongo delante del cuaderno y elijo las palabras que puedan encarnar aquello que viví, sentí e imaginé. Las capas de pasta y crema pueden ser infinitas pero en un blog de viajes hay una que cuando escribo un ensayo no está: la respuesta inmediata de quienes reciben el relato. Cada página de este libro ha generado conversaciones con personas que no imaginaba, he establecido vínculos viajeros que aún sigo sin saber a dónde me llevarán, me han inspirado para escribir nuevos capítulos e incluso han modificado el rumbo de mi relato.

Dedicado al asombro de quienes saben llegar a otras orillas.

Escribir un blog de viajes es lo más parecido a lanzar un mensaje en una botella. De la manera más inesperada surge una voz desde otro lugar diciéndote “oye, estoy aquí, a tu lado, aunque no me veas, ni me huelas, ni me oigas, pero viajo contigo”. Me impresiona. Me conmueve. Arranca un diálogo mudo: “¿Ah? ¿Que te quieres sentar aquí, en cubierta, conmigo, y contemplar la luna? ¡Claro, claro, ven, te dejo un sitio! ¿No es hermosa?… “ Estaba envuelta en ese íntimo estremecimiento cuando de golpe se hizo presente en la s breves líneas de la dedicatoria un tercer protagonista, el broche que da coherencia a este libro. Para la autora que soy este protagonista representa la sutileza y el acompañamiento honesto y silencioso de quien da lo que tiene generosamente porque cree en ti y no espera más que tu bien pues está convencido que de él derivará también su propio bienestar.

Le dedico este libro a El Asombrario “por facilitar que este relato llegara a otras orillas”, a esas que bañan la costa de mi pequeña editorial.
Gracias.