Buenas noticias: Somos lluvia que respira, piensa y siente.

Toca reencontrar el mundo con buenas noticias. En estos tiempos turbios necesitamos considerar nuestro paso por este planeta con la excelencia del buen hacer, para que el resuello regrese a nuestras gargantas. Existe un método: practicar la delicadeza.

La delicadeza es una actitud en fuga que obliga a jugar con argumentos, emociones y decisiones y, por tanto, a tomar conciencia del lugar desde el que habitamos el mundo. La delicadeza nos cura. 

La palabra cura significa cuidado en catalán, el idioma de la isla en la que vivo y que va calando en mi corazón lentamente. La diversidad lingüística nos recuerda que las palabras son trayectos, el punto final de un recorrido colectivo, una suma de experiencias, el legado de una vida en común.

El cuidado sana, repara, siembra y resucita. ¿Por qué no arrancar el año con la delicadeza en la mano, en la boca, en la mirada, en cada gesto y en cada palabra? 

Sentir el ADN de las palabras.

La trama de la vida precisa lo que llaman un salto de paradigma, es decir, que cambiemos nuestra forma de pensar. Para ello es imprescindible que revisemos el lugar desde el que percibimos el mundo, que abordemos nuestra existencia desde una perspectiva distinta y que cambiemos nuestras preguntas. Sólo así encontraremos respuestas nuevas. Nuevos caminos. Nuevos destinos.

La delicadeza facilita este camino. Nos lleva a observar ciertos detalles que de otra manera pasan desapercibidos y eso facilita descubrir que lo que llamamos “buenas noticias” reside en nuestra forma de inquirir la vida y nuestra sensibilidad para sentir el ADN de las palabras con las que comunicamos nuestras percepciones. El lenguaje tiene pasado y presente, genera futuro, evoluciona, de alguna manera es también una materia viva en tanto que nos acompaña en el proceso de nuestra existencia individual y colectiva. 

El hecho de que la cultura neoliberal promueva el individualismo hace que entendamos que estos pasos (cambiar el lugar desde el que narramos el mundo, hacernos nuevas preguntas y narrar nuestras percepciones con un lenguaje habitado, sentido) pertenecen al ámbito más íntimo. Sin embargo, se trata de lo contrario, de estar “fuera” de forma activa sin abandonar nuestro lugar, porque todo interactúa, todo se relaciona con todo. El aforismo griego “conócete a tí mismo” no equivale a “mira tu ombligo” sino a “comprende que formas parte”.

Deja que un colibrí anide en tu pecho

En la cultura maya el colibrí (ts’unu’un) es el ave mensajera de pensamientos y buenas noticias. La cosmogonía ancestral cuenta que en el principio de todos los tiempos los dioses crearon a todas las criaturas que habitarían la la tierra amasando barro y maíz. A cada ser se le otorgaban las tareas que debían realizar en la tierra. Cuando la creación estaba muy avanzada, uno de los dioses se percató que faltaba un emisario que llevara las ideas y pensamientos de cada criatura de un lado a otro. Apenas había barro y maíz de modo que optó por tomar una pequeña piedra de jade, la talló y creó una criatura delicada, frágil y hermosa: el colibrí. 

En el mismo continente la cultura guaraní cuenta que los seres humanos, al morir, abandonamos nuestro cuerpo y nuestra alma vuela para ocultarse en una flor. Cuando el “mainimbú” (nombre guaraní del colibrí) liba las flores lo que hace es recoger las almas allí dormidas para guiarlas amorosamente al Paraíso. Esta es la razón de que vuele de flor en flor. Nuestros relatos nos retratan como individuos y como comunidad.

No estamos tan lejos de las rocas y el río que las baña

Nuestros patrones de pensamiento están íntimamente relacionados con la forma en que (nos) contamos la vida. Son las dos patas en las que reposan nuestro imaginario. Sólo podemos alcanzar aquello que podemos concebir, y al mismo tiempo, formamos parte de una red mayor que no podemos controlar ni abarcar. Sencillamente, todo está íntimamente relacionado. 

El cosmos es una trama creada por seres que establecen lazos de intimidad, de sensibilidad, de solidaridad, de reciprocidad, acogida y confianza y no sólo actúan por miedo, odio o ambición. La delicadeza es una lluvia capaz de deshacer ciertas montañas, sobre todo si se convierte en una forma colectiva de habitar el mundo. 

Gravitones, topquarks, quarks, electrones y átomos van enriqueciendo un trenzado de relaciones y sensibilidades cuya culminación última es la conciencia humana. No estamos alejados de las rocas ni del río que las baña. De alguna manera, en ese “fuera”, en la trama de la vida, somos lluvia que respira, piensa y siente.

Nada sucede “fuera” para quien “forma parte”

Dice Morris Berman en su ensayo El reencantamiento del mundo: “Si es que vamos a sobrevivir como especie tendrá que surgir algún tipo de conciencia holística o participativa con su correspondiente formación socio política”. Dar una buena noticia forma parte de esta afirmación. Es el resultado de una suma: actitud, mirada, lenguaje y un último ingrediente: la presencia. No se trata de practicar la subjetividad sino de entender que nada sucede “fuera” de nosotros y que en su lugar es mucho más honesto hablar de reconocerse parte. No hay realidad que no nos afecte, asumirlo permite que sepamos argumentar, reconozcamos nuestros límites y evitemos la manipulación. 

Miro el sendero abierto en mi calendario con el que arranco este 2020 y sonrío, porque escucho el trinar de esas aves que anidan en los actos bondadosos: los colibríes. 

El calendario empieza a llenarse de trinos.

Mañana sábado, 11 de enero, compartiré un desayuno narrativo en Palma (Mallorca) con personas que les interesa dar buenas noticias. Será un desayuno saludable para el cuerpo y para lo que llamamos “espíritu”. Voy bien acompañada. El conocido local Vegan&Raw de Berverly ofrece el desayuno a quienes se apunten al evento y la  librería Drac Magic cede sus estantes para que podamos experimentar con sus libros. Esta suma hace evidente que los relatos generan realidades.

Volveré a abordar este tema en Madrid, quizá en Valencia, probablemente en Girona. Y cada vez que lo aborde llenaré de matices y nuevos ejemplos esta reflexión que enlazo con mi forma de entender la ecología del lenguaje.

No se trata de hablar de los derechos desde la falta. No se trata de remediar lo desgarrado o de hacer justicia o de clamar por nuestras desgracias tanto como de tomar las riendas de un buen hacer que no puede esperar.