Cómo narrar la vida en tiempos de confinamiento

La primavera nos pilló confinadas. Las redes siguen ardiendo mientras el planeta descansa un poco. Nuestros móviles y teléfonos sustituyen nuestro tacto. Se hace evidente que podemos abrazar con la palabra.

Estreno ventana en la revista Ecohabitar. Es un espacio quincenal en el que iré mostrando cómo la cultura regenerativa y este planeta necesita que cambiemos nuestra forma de narrar la vida. No se trata sólo de técnicas, se trata de crear un nuevo imaginario y rehacer nuestros procesos creativos. Este texto pertenece al primer artículo  de la serie. En él utilizo el ejemplo de cómo el lenguaje bélico o el lenguaje de los cuidados orienta nuestros discursos y nuestros actos. Arranca así:

El lenguaje nos constituye como especie

Ya no hace falta hacer un esfuerzo para entender que el intercambio de narraciones está siendo el vehículo de gran parte de nuestros cuidados. Los relatos dejaron de rodar como piedras de la punta de nuestra lengua para alzarse al vuelo con el propósito de tocar. Descubrimos que cuando el lenguaje se vincula con una acción concreta y una intención sólida va más allá de un mero intercambio de información o entretenimiento. Con él podemos conmover, consolar, honrar, calmarnos, alentar, animar… ¡En estos días se hace tan evidente que los seres humanos somos seres de lenguaje!

Del mismo modo que un ave rapaz utiliza pico y garras para su subsistencia y una gacela unas patas ágiles, nuestra especie goza de la palabra para crear comunidad, orientar nuestros pasos y encarnar (traer a la vida) cualquier concepto. Nuestras creencias, nuestras emociones, nuestros mitos, nuestros sueños, se transforman en actos a partir de nuestras narraciones. Si creamos objetos bellos, útiles, obras complejas, es gracias a nuestra capacidad de abstracción, que toma como herramienta el lenguaje en sus múltiples manifestaciones. Con él estamos dando cuerpo al COVID19. Cada vez que nos referimos a esta enfermedad, que es hoy pura incertidumbre, damos forma a la abstracción, y no sólo por la suma de datos y la huella que deja en el cuerpo.

Con los relatos compartidos la pandemia adquiere una dimensión precisa en el inconsciente individual y colectivo. Con los relatos creamos sentido, por eso tienen la capacidad de situarnos en medio de la bruma. Las historias que compartimos son un punto de partida desde el que dar nuestros pasos y el legado que recibirán las próximas generaciones. La memoria del siglo XXI se contará de otro modo.

Los relatos colectivos (en red) crean realidades

Horas antes de que se decretara oficialmente el confinamiento abrí un grupo en Facebook denominado “Este tiempo de los cuidados son una oportunidad para…” Mi intención era experimentar qué significa contar la vida de forma no tóxica y para ello no sólo es necesario atender a técnicas narrativas sino de cultivar ese lugar “desde donde” iniciamos el acto de narrar. Abrí este espacio para que probemos a contar lo que nos sucede a tantos millones de personas desde un espacio íntimo y común conectado con la vida. El inconsciente colectivo es también un bien común, por eso merece la pena que lo cultivemos lejos del miedo y del shock”

El número de personas que se suman al grupo crece cada día, un goteo que en el momento en el que escribo esta columna llega a casi 700 personas. Es muy interesante comprobar cómo los relatos compartidos van creando un universo en el que también tienen un espacio los miedos, los egos, las dudas, algo que l@s historiador@s y cronistas oficiales no se permiten. Damos luz al inconsciente colectivo de forma consciente, aunque parezca un oxímoron. En este pequeño espacio el coro de voces está creando un relato común que se va alejando paulatinamente del tono de alarma divulgado a través de los medios de comunicación de masas.

El impacto del lenguaje bélico en tiempos de confinamiento

Mientras tanto, quince días después del decreto la policía empezó a tomar las riendas de nuestros relatos usando la vigilancia y el castigo. Comenzaron a decir que existía una pandemia informativa basada en informaciones falsas y que estas ocupaban el 95% de los relatos virtuales compartidos. En nombre de una seguridad colectiva se arrogaban el poder de decidir qué es tóxico y qué no. Con esta iniciativa deslegitimaban las dudas, los errores necesarios para elaborar un espíritu crítico. El no saber es un punto de partida si va acompañado de herramientas y espacios para el discernimiento, algo que no se plantearon. Esta decisión forma parte de la cadena de actos alimentada por el lenguaje bélico. Nuestros relatos crean realidades y eso también lo sabe el poder coercitivo.

No es lo mismo concebir el COVID19 como una guerra frente al enemigo común al que hay que combatir hasta derrotarlo que considerarlo una oportunidad para desarrollar estrategias de cuidado olvidadas, potenciar las conocidas y abrir camino a las nuevas. En el primer relato los equipos de salud son héroes/heroínas, es decir, los protagonistas que vencen a un enemigo invisible que es un virus. En el segundo las personas enfermas son el sujeto de atención, la acción gira en torno a ellas y desde ahí la enfermedad no se combate sino que se convive, se sostiene y se atraviesa en busca de regresar al equilibrio. El lenguaje bélico elimina a la enfermedad y con ella a los pacientes, sólo hay supervivientes y combatientes, soldados que dan su vida por la patria y medicinas usadas como armas letales. El lenguaje del cuidado utiliza la imaginación para buscar soluciones nutritivas y en ellas se incluye el acompañamiento psicológico, físico, emocional y espiritual y los vínculos de ida y vuelta.

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