“La música puede transformar nuestra forma de organizarnos”

Cuando hace cuatro años las mujeres del Cor de Dones de la UIB empezaron a reunirse para ensayar no imaginaban que estaban llevando a cabo un acto de apoyo mutuo. Simplemente cantaban de la mejor manera posible la pieza musical que caía en sus manos y disfrutaban con ello. Quizá para quien no haya formado parte nunca de un coro sea fácil imaginar que aunar las voces en torno a una melodía tiene mucho que ver con la cooperación, la reciprocidad, y el trabajo en equipo e incluso se sorprenda que estas 30 mujeres no hubieran imaginado antes que terminarían llevando este aprendizaje a esferas alejadas de la música, pero los seres humanos somos muy ciegos para nuestros propios actos y, además, desconocer los detalles de una realidad permite hacer abstracciones con más ligereza aunque probablemente con los argumentos erróneos. 

El lugar especial que L.F. tiene dentro del grupo le permite explicar cómo una coral puede transformarse, de la mañana a la noche, en un grupo organizado de apoyo a las personas más desfavorecidas. Por lo visto el secreto está en algo tan común que apenas valoramos: la respiración.

La importancia de tomar aliento

“Para empezar a cantar hay que respirar, igual que para hablar. Pero cuando se trata decantar treinta personas a un mismo tiempo, tomar aliento adquiere protagonismo: controlarla nos permite quedar en silencio cuando toca, concentrarnos para retirarnos a la vez, buscar el mismo color vocal que la de la compañera de al lado, empezar en la misma nota… Y a esto se suma que la directora que tengo delante me está indicando cuándo entrar o salir o cuando acompaña tal o cual instrumento… Esta suma no es posible si no se hace cultivando la cercanía. Hace falta estar muy en contacto con los demás para que todas las voces suenen como una sola”, explica L.F. 

Pero todo esto, que podría entenderse como pura técnica, no funcionaría de la manera adecuada si no se pusiera el corazón en juego. “Disfrutar de otra manera”, indica L.F: Tras cada ensayo, las mujeres se van conociendo más, crean lazos que, cuando llega la puesta en escena se magnifican hasta el punto de transformar la interpretación del repertorio. Ensayar “Alfonsina y el mar” en grupos de tres mirándose a los ojos es emocionante ”y esos recuerdos pesan y hacen que la música se quede impregnada de esa experiencia” y entonces lo que sucede se acerca a la magia, al contagio, a la comunión. Es clave que el sentimiento atraviese la técnica y la lleve más allá. Sucede una especie de enamoramiento colectivo que es tierra fértil para situaciones que no se imaginan.

“‘Ahora no podemos cantar pero sí escucharnos”

“Cuando llegó el confinamiento no pudimos ensayar, pero decidimos que haríamos un encuentro virtual para vernos. Pronto descubrimos que cantar a través de estas plataformas es una locura, de modo que convenimos que haríamos un café virtual cada semana para contarnos como estábamos, para vernos las caras, para no perder el contacto y seguir alimentando el vínculo. Nos decíamos ‘Ahora no podemos cantar pero sí escucharnos´. Nos veíamos, planteábamos retos a modo de juego para crear vínculos… hasta que una de nosotras nos contó la realidad en la que vivían las familias más humildes de su colegio y nos conmovimos. Empezamos a buscar entre nuestros bienes y privilegios…. y cuando nos quisimos dar cuenta la complicidad que habíamos cultivado en los ensayos volvió a estar presente ante esta nueva realidad”.

Ceder el espacio, escuchar a la otra voz, buscar la armonía, alcanzar la calidez compartida, tomar aliento a un mismo ritmo, buscar el bien común, actuar con la complicidad del cuerpo… no sé si en las organizaciones dedicadas al apoyo mutuo se tienen en cuenta estos parámetros pero, desde luego, han demostrado ser herramientas eficaces para resolver problemas colectivos.

La música facilita un modelo de liderazgo alternativo

Hay muchas más claves que hablan de un modelo de liderazgo que está alejado de los cánones del poder patriarcal al que estamos acostumbradas (un poder piramidal, coercitivo y basado en las desigualdades), aquel que posibilita que los vínculos cobren protagonismo: “Este no es sólo un coro que se reúne, canta y se va, aunque a veces sucede, sino que es una red personal y eso hace especial la música que hacemos. Integramos las piezas, las apropiamos, las llevamos al cuerpo al coreografiarlas, las cantamos de memoria, y eso hace que la comunicación con la directora y con el público sea diferente, porque desaparece la barrera de la partitura y porque sacamos lo que llevamos dentro y eso es lo que emociona, contagiamos la emoción”. 

Un elemento fundamental es el acuerpamiento, el hecho de que también canten en movimiento, porque se rompen ciertos tabúes, vergüenzas y barreras personales. “Es una suerte que las mujeres alcancen tal grado de confianza entre sí y en la dirección, porque se dejan hacer, aprenden a fluir de manera coordinada” y esto les ha permitido trasladar la experiencia a otros contextos, como el de organizarse para repartir materiales escolares, facilitar alimentos, acompañar a las familias… 

Por todo ello L.F. quiere situar una flor de gratitud a las mujeres del Cor de Dones 

El umbral y la gratitud

Con ellas cruza asertivamente el umbral que deja atrás la esfera de lo individual para lograr que lo colectivo suene como una sola voz.

Si quisieras mostrar tu gratitud a alguna entidad, iniciativa, plataforma, asociación… situada en Mallorca por su forma de cuidar el bien común, asómate a la página en facebook La mar de abrazos. Punto de Encuentro. Allí podrás plantear dónde te gustaría sembrar una flor de gratitud y por qué.

Esta iniciativa contribuye a transformar nuestra imagen del mundo. El planeta necesita ser contado de manera saludable. Cultivemos el relato de ese futuro en el que queremos habitar. 

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