Llevo un archipiélago dentro

El hemisferio derecho de mi cerebro ha tomado el mando de la nave. No ha sido fruto de un motín, simplemente ha relevado del cargo al ala siniestra del cerebro, la que hasta ahora ordenaba y desordenaba mis pensamientos y marcaba rumbos en el aire.

El resto de la tripulación parece no darse cuenta pero este navío bicéfalo se ha dividido en dos partes, la aérea y la subacuática, unidas por una proa común. Junto al timón, a la luz del sol y a las sombras del velamen, se ha impuesto el hemisferio que contempla el azul preguntándose por su luminosidad y cromatismo. Por debajo de la línea de flotación se encuentran las neuronas capaces de imaginar mundos y moldearlos de manera invisible e intangible. Ambos lados me gobiernan de forma alterna, el uno me alivia del otro. 

El hemisferio derecho debió ser un volcán y ahora, después de millones de años, ha emergido a la superficie de mis mares interiores para convertirse en isla. Es Nisos Dexiá (Isla Diestra en griego).

Nisos Aristerá (Isla Siniestra en griego) es fruto de la intensa actividad de pensamientos, ensoñaciones y experiencias coralinas que, al morir, forman grandes estructuras, cuyas partes más profundas se hunden, permitiendo el crecimiento por la zona superior, donde hay más luz. Las zonas emergidas sufren los efectos de la erosión del tiempo y crean suelos donde se desarrollan historias como plantas. 

(Dos hemisferios, dos miradas)

Para llegar a Nisos Aristerá he de abandonar el cuadro de mandos, en el que, desde hace semanas, reinan las proporciones, los colores y las formas creadas por Nisos Dexiá y adentrarme en el espacio más cerrado de un navío: la bodega. Allí, en el envés del agua, Nisos Aristerá rumia relatos, enlaza sueños con datos y sigue descubriendo mundos.

Decidida a escuchar sus historias, me amotino sin llamar la atención y abandono la isla que gobierna la nave para zambullirme en las aguas intermedias que la separa de la coralina Aristerá. Con la boca cerrada y los oídos bien abiertos me dejo guiar por su voz de sirena. Sus frases son pompas de oxígeno que ascienden desde las zonas más profundas del Piélago. “Ni siquiera los dioses tienen el poder de regresar”, dicen. “Kavalliani, una isla de dos kilómetros cuadrados urbanizada por un descerebrado capital extractivista”, escucho. “La vejez es veloz”, añaden.  “La humedad tenía su propio lugar en el Olimpo, la encarnaba Zeus Icmeo, y tenía el poder de regular los vientos”. “Eres un archipiélago”. “Un sabio enseñó a los hombres el uso de la colmena e inventó la mezcla de miel y vino (hidromiel), el reconocimiento y la honra por aquel legado se transformó con el tiempo  y, después de varias generaciones (cuando ya nadie recordaba su condición humana) pasó a ser adorado y le convirtieron en dios. Se llamaba Aristeo y vivió en Kea, la isla en la que ayer fondeasteis”.“Eres un archipiélago”, repiten, para retenerme. 

En otros viajes estos retazos de historias habrían amasado párrafos en mi cuaderno de bitácora, los habría leído en los surcos del mar y nadado en ellos al caer la tarde mientras componía mis propios relatos en la imaginación, pero hoy son frases que se deshacen nada más tocarme, pura espuma de olas. Aún así, alcanzo la orilla de Nisos Aristerá dispuesta a aislarme como siempre.

El ojo que mira desde el firmamento

Si me quedara el tiempo suficiente aquí abajo, en la bodega, si pudiera estar enteramente presente en el vientre de Nisos Aristerá, podría elaborar uno de esos relatos añejos que compartimos a esa hora en la que los ojos de la tripulación se pierden en las estrellas. Probablemente serían historias más breves, incluso minúsculas, pero igualmente asombradoras. Podría contarles, por ejemplo, que Sirio, esa estrella brillante que aparece en nuestras noches de mal sueño antes del amanecer, fue adorada hace miles de años sobre estas aguas.

El sencillo enunciado ya me atrapa. Me quedo. El gozo de narrar se enciende. Me abandono en sus susurros. Y una vez saciada emprendo el camino de vuelta.

       

(Dos ventanas a las que se asoma el mundo)

“Ese punto de luz que continúa brillando en el firmamento estuvo ligado a vientos, ríos y dioses”,  me susurra Nisos Aristerá antes de subir la escala que me devuelve a la luz de cubierta, como si quisiera retenerme. Entre los dientes llevo frases sueltas con las que creo un párrafo:

“En los años en los que la vida dependía de los diálogos del cielo, el agua y la tierra, la contemplación era fuente del saber científico y no sólo del espiritual o del estético, no extraña que un poeta pudiera hacer tratados de astrología. Todo estaba enlazado, los ríos no sólo descendían de las nubes. Las inundaciones del Nilo estaban ligadas a la primera aparición de Sirio en el horizonte nocturno. Aquel astro era para los egipcios el ojo que lo observa todo desde la oscuridad, por eso el año debía comenzar el mismo día que aparecía tras el horizonte Este, adelantándose al amanecer. Grecia también honró a Sirio, cabeza de la constelación Canis Majoris, hasta el punto que en las Cícladas (que ahora recorremos) los navegantes enlazaban su aparición con el Meltemi. El viento airado no cesaría de azuzarles durante 40 días, los mismos que los que duraría la “canícula”. Se calcula que la época más calurosa del estío comenzaba en aquel entonces el 19 de julio”.

Los incendios en Grecia arrancaron con la canícula. No sé si a alguien se le ocurrió escudriñar a Sirio en el firmamento. Siguiendo esas cuentas el pasado domingo habría terminado el tiempo abrasador.

Aprieto la mandíbula antes de subir los tres escalones con la intención de adornar mis conversaciones sin perder mi tesoro. Memorizo esta oleada de frases temiendo que a medida que me acerque a Nisos Dexiá llegará el olvido. Lo compruebo. Apenas doy el primer paso su voz se hace más tenue. En el segundo me alcanza ese calor que hace más densas las horas de la siesta. En el tercero se deshace el nudo que me ataba a Nisos Aristerá, el hemisferio narrador de historias, y vuelvo a zambullirme en las aguas intermedias con el párrafo convertido en espuma y sal.

En el camino de regreso a Nisos Dexiá se abre un nuevo abismo. En él habitan las bestias más temibles, herederas de Moby Dick: los titulares, las noticias, los debates. Todo lo que sucede en las zonas abísales de lo real debería quedar a millones de años luz de distancia del GoOn, sin embargo se presentan ante mí con toda su furia. 116.000 hectáreas han quedado calcinadas en el país desde fines de julio. Grecia también ha ardido este año. Eubea, la isla que llevamos recorriendo desde hace días, ha sido asolada hasta hace poco. En la última ocasión el fuego llegó hasta Marmari, el puerto en el que fondeamos ayer. Por primera vez en mi vida he corrido por caminos calcinados. Los habitantes de esta ciudad se prepararon para ser evacuados en barcos hace seis días, aunque no hizo falta.

La vida continúa, los camiones de bomberos aún permanecen atentos y el capitán sigue atrayendo a la buena gente y confraternizando con pescadores (quienes le regalan tres congrios) y vendedoras (la quiosquera le regaló una bolsa de higos). Aún así, los ojos de los amigos que vivieron este infierno amarrados en Calcis se apagan cuando recuerdan el espanto, como si de alguna manera siguieran sofocando los 45 grados, las cenizas, los cientos de personas evacuadas en ferry, el muro de fuego tiñendo de rojo el monte hasta casi llegar al mar. El mundo ladraba en llamas.

(imágenes como esta permanecen en la retina de nuestra amiga navegante)

Cuando la tierra brilla en sus cenizas

Cuando el Nemeo* abre su gran boca, sale la brillante Canícula y ladra llamas, se enfurece con su propio fuego y duplica el incendio del sol y el mundo brilla en sus cenizas como si hubiera llegado su fin. Las olas de Neptuno languidecen y desaparece el recuerdo de la verde savia y de las hierbas. Todos los animales buscan lejanas tierras y el mundo necesita hallarse en otro lugar. La Naturaleza misma enferma de sus propias dolencias agobiada por los calores excesivos y vive su propia muerte. Y parece como si todos los astros se centraran en uno sólo….” 

*Nemeo = constelación de Leo

Esta descripción forma parte de un tratado de astrología escrito en hexámetros, titulado Astronómicon o Astronomica. Su autor es el poeta estoico romano Marco Manilio del siglo I d.C.. El texto describe la estrecha vinculación entre el micro y macrocosmos y concretamente lo que ocurría en la Tierra cuando Sirio brillaba en el firmamento.

Veinte siglos después el estío “ladra llamas” y no es metáfora.

Esa tierra que arde, que ha ardido, que seguirá ardiendo en otros rincones del planeta, me mira a varias millas de distancia y yo la observo con desapego. Le digo que pertenezco al agua, con cierto pudor. Me reconozco archipiélago humano, tal y como me nombró Nisos Aristerá, mi hemisferio izquierdo. Huyo del deber ser, del compromiso, del espíritu crítico, de las estrategias de resistencia, huyo de mí y pido refugio en Nisos Dexiá. 

El hemisferio diestro de mi cerebro me acoge desplegando rotuladores, lápices, gomas y cartulinas junto a mi cuaderno de bitácora. Un aquietamiento desconocido se apodera de mí. Contemplo la vida en sus detalles físicos más nimios: el vello de la piel de quien duerme a mi lado, la estricta forma de sus manos, el tamaño de sus dedos y el ángulo que crean entre sus muslos. El lápiz, como si tuviera la capacidad de acariciarle, vuelve una y otra vez a sus curvas, sombreando allí, aclarando allá. Poco a poco olvido el calor que nos aplana y ladra llamas. La tierra brilla en sus cenizas en Eubea pero yo busco azules inalcanzables a cualquier ladrido.

La tripulación del GoOn (capitán incluido) se ha abandonado al sopor. Cuando los demás duermen te hacen isla despierta, Nisos Xýpnia. 

Vuelvo a respirar tranquila. Mis islas me alivian. No estoy descompuesta, el archipiélago que soy se cohesiona cuando el capitán trae retazos minúsculos de lo real, como cuando retrata al cormorán y el ave posa mirando a cámara, o cuando Bielito El Marinero me cuenta su Decálogo de cuidados*. Entonces todas mis islas sonríen enfilando la proa hacia el porvenir.

(soy un archipiélago de al menos dos islas)

 

* Decálogo de cuidados de Bielito El Marinero.

CÓMO CUIDAR A UN/A NOVIO/A:

– Escribirles poemas – Enviarles fotos en los viajes – Tener sentido del humor – Decirle cosas bonitas – Entregarle cartas escondidas – Tener conversaciones en lugares solitarios – Ayudar y acompañar en todo momento – Ser educado – Ser elegante – Jugar juntos, es muy importante – Darle confianza – Darle regalos – Trabajar en equipo – Invitarle a tu cumpleaños – Contarle secretos – Y declararse de rodillas.

CÓMO CUIDAR A AMIGOS/AS:

– Ayudándoles en todo – Celebrar las alegrías – Apoyarles cuanto tienen penas – Hacerles reír – Hacer equipo en los trabajos y en los juegos – Hacerles regalos hechos por ti – Compartir la comida – Jugar juntos – Animarles a hacer deporte y tener una vida sana – E invitarles a tu cumpleaños

CÓMO CUIDAR A LA FAMILIA:

– Darles amor – Hacerles reír – Jugar con ellos – Preguntarles cómo están y contarles como estás tú – Ayudarles en casa y en todo – Acompañarles – Hacer las cosas que menos me gustan pero que sé que son buenas para mí – Hacer mimos y darles besos – Tener detalles con ellos – Ser elegante – y, como no podía ser de otra manera, invitarles a tu cumpleaños.