¿Y si no se tratara de asaltar los cielos?

Después de pasar dos semanas durmiendo sobre el agua intuyo que quizás todo esto se deba a la tiranía de las líneas rectas. El curvilíneo litoral de Astypalaia tiene tantos golfos, cabos y bahías, entrantes y salientes de mar, que hay momentos en los que sólo sé reencontrarme con el horizonte siguiendo el recorrido del sol.

Cuando esta pequeña isla construyó su aeropuerto (he entendido que fue en 1996) no se imaginaba hasta qué punto estaba abriendo las puertas a quienes apuestan por la rapidez porque, a pesar de tener dinero y ganas, son pobres en tiempo. Nadie les había advertido que llegaría un momento, en verano, en el que los turistas multiplicarían por seis la población de la isla y pasarían de algo más de 1.300 habitantes a unas 70.000 personas.

El viento es tan constante en Astypalea que quienes llegamos por mar necesitamos no sólo tiempo sino estrategia, por eso es fácil que en verano el Meltemi desvíe los veleros hacia otras islas del Dodecaneso (Kos, Amorgós, Ios…). Sobre el agua, en embarcaciones pequeñas, es el camino el que marca la ruta, por mucho que la proa apunte a un puerto. Quien navega sabe que el diálogo entre el mar y el viento siempre es curvilíneo y, por tanto, hecho de tiempo. Es decir, que de esos 70.000 habitantes de los que hoy formamos parte, hay una pequeña proporción de seres que caminan balanceándose y hablan de forma pausada con quienes se encuentran, de manera que es fácil que los habitantes del lugar les confundan con uno de los suyos.

Es bastante común que cuando el capitán se para en una taberna le ofrezcan una carta en griego. Puede ser que su forma de vestir sea más marinera que terrestre (pelo revuelto, camiseta desvaída, pantalones a media pierna que nunca estuvieron de moda, piel tostada…) y eso marque la diferencia con los recién duchados, pero sé que se trata de su mar de fondo, de su forma de dirigirse al otro. Cada vez que aborda a una persona del lugar inicia la conversación como quizá debieron de hacerlo nuestros antepasados: “Kaliméra, me léne Toni, apó tin Ispanía”… A continuación deja que el otro también se presente mientras continúa diciendo (para sus adentros) “gios tou Jaume kai tis Francisca” (hijo de Jaume y Francisca). En ese momento una puerta antigua se abre y se produce un encuentro en espirales, capaz de ir más allá de nuestras presentaciones directas, hechas para producir algún provecho y que prescinden del reconocimiento.

Lo que da de sí el cuidado del maërl

Así pasó con Giorgos, uno de los hombres que limpiaba las redes en el puerto. Sentado en una banqueta de madera, junto a una embarcación de pesca de trasmallo en la que también trabajaban otros tres hombres (el patrón y dos marineros), iba quitando de las mallas unas rocas rojizas. Al pasar junto a ellos, el capitán observó que el material que acumulaban en el borde del muelle y que iban tirando al mar era maërl, unas concreciones biológicas creadas por algas rojas calcáreas que se encuentran en profundidades a partir de 40 metros y que en muchas partes del Mediterráneo y del Atlántico están protegidas porque es una comunidad muy biodiversa y, además, de crecimiento lento.

Queríamos cumplir nuestro ritual, tomar un trago en el puerto (agua con gas y frappé a esas horas) en el que acabábamos de amarrar, de modo que seguimos el camino. Empezó a explicarme que el maërl es un depósito de carbono azul, fija el CO2 de manera permanente. Nos sentamos, yo saqué mis acuarelas… y cuando levanté la vista el capitán había desaparecido.

Había vuelto sobre sus pasos, se había acercado al barco, les había deseado los buenos días, se había presentado como Toni, aquel que viene de Hispanía (hijo de Jaume y Francisca)… Amablemente les preguntó si podía sentarse con ellos y si alguno sabía inglés . Giorgos levantó la vista, le acercó otra banqueta y comenzaron a hablar. Toni se incorporó al trabajo de desenredar el maërl, que era otra de las razones por las que quería aproximarse al barco, formar parte, ser uno con ellos. La conversación duró tres horas. Les fue explicando lo que sabía del mar y ellos lo que también sabían. Yo trasladé mi atelier a los pies de las mallas y de los turistas, que pasaban a nuestro lado atraídos por mis torpes pinceladas para luego prestar atención a lo que ellos hacían. En aquella situación yo simplemente era el cebo.

Lo que compartieron durante aquellas horas fue la semilla de las conversaciones que iniciaríamos aquella noche en el particular panegiri que había organizado Giorgos en su casa, a los pies del castillo, en la corona de la Chora, y al que nos invitó exclamando “¡Filoxenia, Toni, Filoxenia!”. Apelaba a la hospitalidad y la buena acogida hacia el extraño propia de la ancestral cultura griega, una palabra cuyo antónimo es xenofobia.

30.000 cabras y 70.000 turistas para 1.300 habitantes

Antes de que llegara ese momento, Giorgos nos facilitó el alquiler de una moto de gasolina con la que recorrimos la yerma Astipalaia. Comprobamos hasta qué punto es difícil encontrar sombra en ella y cómo se multiplican en las curvas de sus costas las urbanizaciones de apartamentos, rooms, suites, studios, cubículos blancos decorados con ventanas y puertas azules, replicado el “estilo del Egeo” que tanto reconocemos en las fotos. Según nos enteraríaríamos aquella noche, que la deforestación sea imparable se debe a la presencia en la isla de 30.000 cabras, ante cuya proliferación no se toman medidas.

Lo de la clonación de oferta urbanística nos resonó, evidentemente. Procedemos de esa gran universidad del boom inmobiliario y la panacea de la construcción que es Mallorca. Toparnos con ella en Astypalaia nos cruje sin necesidad de comentarlo; entristece de alguna manera nuestro recorrido pero al mismo tiempo nos acerca emocionalmente a esta isla. Sabemos que la costa de Mallorca se ha transformado a golpe de hormigón y asfalto. Delante de nuestras narices se sigue construyendo allí donde está pemitido (bueno, en ocasiones ni eso).

El desconocimiento de la ciudadanía sobre la dimensión de la planificación urbanística quizá también sea compartida por los propios gobernantes. Hasta el momento no ha aflorado ningún estudio que sume todas las planificaciones de todos los municipios a pesar de que se trate de una información relevante, lo que permite decir que está previsto y planificado multiplicar por más de dos la población de Mallorca. El dato debería ser objeto de clarificación y discusión para poder frenar de manera efectiva la especulación financiera sobre el territorio, porque no se trata de impedir la compra/venta de viviendas sino impedir que se siga haciendo hasta reventarlo todo.

Recorrer en moto las contadas carreteras de la isla que ahora nos acoge nos permite tener la sensación de que recorremos un folio en blanco para los ojos de cualquier constructora.

Haciendo cálculos sobre la moto

(Mapa de Astypalaia del siglo XVI)

La superficie de Astipalaia es de unos 95 kilómetros cuadrados. Su densidad de población es de 13 habitantes por kilómetro cuadrado. En Mallorca vivimos 275 personas en cada kilómetro cuadrado, es decir, 21 veces más. Las empresas vinculadas con el negocio inmobiliario podrían estar mirando la expansión turística de esta isla con ojos golositos, como el gato de mi infancia miraba al ratoncito chiquito, chiquito.

En las conversaciones durante el panegiri nos contarán que, en una isla empobrecida, la gente se había visto obligada a abandonar sus casas para malvenderlas por 3.000 dracmas (moneda oficial griega hasta que se impuso el euro y todos fuimos desigualmente europeos) en busca de un destino mejor en el continente. Vender o alquilar el techo y dar de comer de tu plato son dos salidas pobres para las personas empobrecidas. Cuando pierdan estas dos posibilidades sólo les quedará alquilar su fuerza de trabajo y, como escalón definitivamente último, sus propios cuerpos. Este camino hacia la esclavitud es lento en un mundo poblado de curvas y puede, incluso, que sea reversible, pero estamos en un mundo dominado por la línea recta.

El oscuro espejo de Astypalaia

Mientras recorremos las desoladas carreteras de Astypalaia (dan ganas de saludar a quienes nos encontramos en el camino por pura simpatía ante la excepción), recordamos que, si no nos hacemos las preguntas necesarias en breve en Mallorca ya no habrá espacio físico para poner más carreteras. En verano la densidad de población llega a duplicarse. ¡550 habitantes por kilómetro cuadrado! Nos hemos enterado, mientras navegábamos, que hace unos días se produjeron atascos de hasta 40 minutos para acceder a Valldemossa, un destino inicialmente propio de un turismo cultural y paisajístico.

La solución no pasa, pues, por cambiar de modelo turístico, a estas alturas sería sólo un paliativo para el modelo económico neoliberal, tocado de muerte. En una economía en crisis, quienes tienen dinero encuentran en la construcción una inversión sólida, las casas son objetos preciados para la especulación financiera, una alternativa tener una cuenta corriente en Suiza. El colapso del neoliberalismo está convirtiendo Mallorca en una alternativa bursátil. ¿Quién dice que este no puede ser el destino final de Astipalaia?

El capitán está cansado de repetir que en Baleares las grandes transacciones inmobiliarias no están ahora en manos de una persona que pone en contacto a quienes quieren comprar una vivienda con quienes quieren venderla, sino en manos de fondos buitre, grandes holdings, inversores que quieren obtener un beneficio financiero rápido y elevado a base de inyectar muchas transacciones en un territorio limitado. El poder político contribuye a este juego desde el momento en el que sólo aborda este asunto como un problema urbanístico.

 

Green, pionera y bendecida, ¡oh, yeah!

La apreciación de que recorramos esta pequeña isla en una “moto de gasolina” tiene un especial sentido desde que hemos descubierto que desde el año pasado existe una oferta de vehículos eléctricos compartidos como sustitución de los autobuses. Son servicios de ridesharing (viajes compartidos) y carsharing (coches compartidos) con autos de la misma compañía automovilística. La solución forma parte de una planificación de los poderes locales, nacionales e internacionales que pretende convertir Astypalaia en ”la primera isla de todo el Mediterráneo” en poseer una flota 100% eléctrica y ser autosuficiente a nivel energético.

El proyecto tiene nombre propio (en inglés, por supuesto), «Smart Green Island», y forma parte de uno mayor, denominado “Gr-Eco Islands”, en el que participan varias islas del Dodecaneso. Se ofrece como una panacea medioambiental que cumple con varios de los Objetivos Para el Desarrollo, está financiada con fondos Europeos, patrocinada por Volkswagen y amparada por el gobierno griego, toda una contundente línea recta, desde luego. El proyecto suena a verde, sostenible, limpio, libre de mácula, pero, si leemos el segundo párrafo de lo que se ha vendido como noticia feliz, resulta que han calculado que en 2026 la flota de vehículos eléctricos crecerá hasta unas 1.000 unidades, prácticamente uno por habitante. Y entonces, entonces, entre uzzos y brindis, a los pies del castillo, empezamos a ver allá a lo lejos la Valldemossa del siglo XXI en este lado del Mediterráneo.

Por otra parte, sin ir más lejos, en nuestro recorrido por “todas” las carreteras asfaltadas de esta  isla, de 13 km de anchura máxima y 19 km de largo, no hemos visto ningún aerogenerador, tan sólo una pequeñísima central eléctrica y un embalse que, aunque lleno, no creo yo que dé como para un aprovechamiento hidroeléctrico. ¿De dónde procederá la electricidad de la que se nutran esos vehículos y quienes los conduzcan? Porque los humanos somos cada vez más electrodependientes, de hecho yo no podría compartir esta crónica si no .lograra cargar mi portátil y el móvil que me conecta a la red. El mantenimiento de nuestros pequeños aparatos electrónicos es un acto controlado dentro del GoOn pues las placas son las que son y alimentan unas baterías que se mantienen útiles en función de nuestro consumo. 

No, no es eso

Cuando llegamos a la vivienda de Giorgos, ya bien entrada la noche, llevábamos no sólo un trozo del tesoro de todo viajero mallorquín (un pedazo de sobrasada) sino varias preguntas y muchas ganas de compartir nuestra experiencia, a modo de hermanamiento. “Venimos del otro lado del espejo”, querría decir, pero en inglés no sé sostener las metáforas y en griego ni las entiendo, así que me limito a lanzar frases o a empujar al capitán a que diga en alto alguna de sus reflexiones, como quien enciende un motor que no quiere arrancar a la primera. “¡Filoxenia!”, vuelve a exclamar Giorgos cuando nos ve (somos los primeros en llegar, culpa mía, porque me tomé a rajatabla -mi parte alemana- aquello de “después de que se ponga el sol”) y de golpe siento que en algùn momento se nos expropió también de este acogimiento.

Quizá fue de tanto caminar por un territorio transformado en jungla humana. Cuando dicen que la invasión da de comer me siento como una rata en un laboratorio a la que dan descargas eléctricas antes o después del alimento. Desorientada, olvido que los que habitamos la isla también formamos parte de esa saturación, por mucho que tengamos derecho a usar la casa que compramos o alquilamos y eso nos legitime. No, no se trata de un fenómeno urbanístico o turístico, sino de un fenómeno financiero.

Desacralizar los cielos

El agua, el alimento, las fuentes energéticas y el territorio, es decir, las bases de la subsistencia de la especie humana, están en manos del mercado bursátil, responden a los parámetros financieros de un neoliberalismo colapsado que no se da cuenta de que está cavando su propia tumba. El problema no está en las personas sino en el sistema, ya lo dijeron los anarquistas españoles a principios del siglo XX. 

En la anterior crónica nos preguntábamos si podemos expresar nuestro malestar por Mallorca y la respuesta que nos hemos dado en este tiempo es: No, no podemos. No podemos porque no sabemos. Y no sabemos porque la solución al problema nos concierne y eso contribuye a la ceguera. 

Bajo este cielo en el que hoy escribo me planteo si en vez de asaltar los cielos (los titanes lo intentaron y fracasaron hace ya miles de años) el asunto consista en desacralizarlo y cambiar sus estructuras. Para ello es necesario comprender cómo se forman las nubes, contribuir a que la lluvia regrese sembrando bosques, aprovechar lo que nos ofrece el viento para mejores fines, regresar al tiempo de las manos y de las curvas, abrirnos a la filoxenia y presentarnos ante el otro resucitando a los muertos.