¿Sueñan los viajeros con ovejas eléctricas?

Sabíamos que sería nuestro último baño en un puñado de días. Los satélites llevaban una semana avisándonos de que el viento llegaría con todos sus nudos a este rincón del mundo, pero mantuvimos la ruta y allí estábamos, rebañando un mar aún en calma, no sé si por mentiroso o por regalón.

El capitán había escogido el minúsculo canal que separa la pequeña Panteronisi de la mínima Tigani (ambas islas vecinas de Paros, nuestro destino final) con criterio hedonista. Era la última mañana de los tres B a bordo, el cielo empezaba a arrear su ganado de nubes y el sueño se había ido hacía horas.

El menor de los B y yo teníamos todas las razones para hacer nuestra  habitual ronda a nado por los alrededores. Conocíamos el lugar, nos habíamos zambullido en ese rincón precisamente en el primer dia esta travesía, pero yo había olvidado que era allí donde se asomaba el enorme anuncio, pintado a mano, en el que se avisaba que Panteronisi estaba en venta.

La primera vez que nos topamos con ese anuncio escrito en el maltrecho muro todos los integrantes del GoOn (bueno, quizás el menor de los B asistiera mudo a la conversación) reaccionamos del mismo modo: Aquella gota hablaba de todo el océano, aquella venta denunciaba la situación de la isla de la que procedemos, de un planeta en oferta. 

Lo sabía, ya estaba hablado, ya habíamos compartido nuestro malestar, pero lo había olvidado. Las iridiscencias del mar a esas horas habían borrado mi memoria, a bordo del GoOn es bastante fácil padecer las intermitencias del síndrome de Stendhal. El caso es que llevábamos ya unos 20 minutos dando brazadas y comentando los pequeños hallazgos del camino cuando, en una de las bocanadas, me topé con la pintada y se me revolvió el cuerpo. El día anterior el capitán había recibido la noticia de que una possessió recién adquirida en Alaró por 4 millones de euros se vendía, una vez restaurada, por 16,4 millones. Cuatro veces su valor. En ese momento sentí una alarma parecida a la que me produce ver caminar a una adolescente ajena a los ojos devoradores de los peores hijos del patriarcado, una mezcla de asco y rabia. Debí de haberla conservado bien fresquita en algún lugar de mi bodega interior porque me brotó de golpe el revoltijo y frené en seco. 

¿Cuándo empezamos a acostumbrarnos a la financiarización de nuestra tierra, de nuestras vidas

Especular con nuestros bienes, con nuestros salarios, nuestra tierra, nuestro techo… se ha convertido en algo “natural”. ¿Quién no ha pensado en comprar un bien inmueble para venderlo en algún momento por el doble de su valor? Nos ofrecen invertir en bolsa nuestros pequeños ahorros, en bitcoins, en productos financieros variados, por lo visto el dinero parado es como el agua estancada, se pudre. Y es evidente que en esa lógica la escasez es precisamente una de las cualidades de los bienes más apreciados. Desayunamos, comemos y cenamos con la lógica del mercado como condimento. Panteronisi se vende. ¡Se vende esta isla, ¿quién está dispuesta a comprarla? Vean sus dientes, es una tierra sana; admiren sus músculos, pude sostener grandes cargas; es una buena paridora y si no, vean sus caderas! ¡Vengan y admiren esta possessió, bella donde las haya, un bien único en un lugar al que todos llaman paraíso!

Por supuesto, digerí y seguimos nadando. Al cabo de diez minutos aquella imagen sólo era una más. El capitán había llamado a ese teléfono, pero no le contestaban. Horas después, ya amarrados en el puerto de Paraikia, le preguntamos a la dueña de la pequeña taberna (recomendable) en la que comíamos, si sabía a quién pertenecía la isla, pero no supo decirnos. No sabía que estuviera en venta.

En el 2015 el Gobierno griego tuvo que vender algunas de sus propiedades para hacer frente a sus deudas. Vendió sus aeropuertos, parte del Puerto del Pireo, participaciones en bancos, y también procedió a elaborar un amplio catálogo de islas. Los precios variaban entre los 50 y los 6,5 millones de euros de los de entonces. Su objetivo era recaudar 50.000 millones de euros. He mirado el listado y, por supuesto, Panteronisi no está incluida. Durante la cena a la que nos invitó Giorgos en Astipalea, nos comentó que el singular grupo de nueve pequeñas iglesias que coronan la chora pertenecen a una misma familia aunque no exista ninguna documentación que lo avale, más allá del reconocimiento de sus vecinos a lo largo de generaciones. Así es muy fácil expropiar, por supuesto, lo que no quiere decir que esta sea la situación de Parteronisi. 

El capitán no ha cejado en su empeño y ahora mismo, mientras escribo esta crónica, ha logrado que una voz femenina, muy amable, descuelgue el teléfono. Su precio es 8 millones de euros “porque tiene muchos acres”. Probablemente al dar esta cifra alguna persona, incluso conocida, esté considerando la posibilidad de invertir en este bien. Es fácil desear tener un rincón en algún paraíso, por mucho que sepamos que es un sueño artificial.

¿De qué están hechos los sueños?

Paros, Panteronisi, Naxos, Ios, Schinousa, Koufunisi, Irakleia, Panteronisi, Paros, este ha sido el recorrido. Se ha tratado de una travesía golosona, hecha para disfrutar de lo pequeño y alargar las horas de la calma. De este modo nos ha dado tiempo a digerir lo que nos encontrábamos, a hacernos preguntas, dormirlas, olvidarlas y sentirnos interpeladas en nuestras respuestas. Por ejemplo, aquel proyecto inmobiliario “único” que nos encontramos en una punta de Ios, capaz de transformar la fisonomía, la economía y la vida de sus habitantes, ¿a qué sueño respondía? ¿Y cuál es el que quiere satisfacer? 

Dias atrás, en una de las paradas que compartimos con los J.R. amarramos en Pserimos,  cuyo puerto nos había acogido por primera vez unos 8 años atrás. La primera línea mantenía el encanto de antaño pero no nos hizo falta más que adentrarnos unos metros por lo que entonces era el único camino de tierra para comprender que dos mundos se solapaban, simulando una armónica convivencia. En uno las mujeres limpiaban las tumbas del cementerio, encendían las velas de los muertos de la comunidad, regaban las plantas del inmaculado patio de la Iglesia, cuidaban los ciclos de la vida con una calma contagiosa, como si fueran capaces de retener el antiguo paso del tiempo, ese que relacionamos con la infancia y la eternidad de los veranos. En el otro habían construido un ‘Village’: un complejo hotelero que imitaba la arquitectura tradicional con muros de piedra envejecidos, con gran piscina y abundante césped de plástico entre las construcciones (la falsedad del verde en una arida isla).

Sus dimensiones, reducidas en terminos absolutos, desbordaban la escala de todo lo existente en el lugar. En Pserimos se juntan pequeños proyectos de un numero reducido de familias que se han visto arrollados por los metros cuadrados de la parcela del Village y los metros cúbicos construidos en ella por algún codicioso actor visionario desafinan el armonioso concierto que conocimos hace catorce años.

Debe ser que a los humanos nos gusta volver al origen, pero a un origen ambiguo hecho a la medida de nuestros sueños. Al fin y al cabo del futuro no sabemos (cuando hablamos del colapso que viene deberíamos de entender que estamos hablando del presente). Algo bastante común en las rehabilitaciones de las grandes possessions de Mallorca es que sus dueños compren olivos milenarios para contemplarlos desde las ventanas de sus viviendas. Compran tiempo vivido, compran pasado, compran el cuidado de decenas de generaciones. 

(En el puerto de Paros, uno de los ferries)

¿Por qué vamos, por qué vienen?

Escribo esta crónica hoy sábado, en el principal puerto de Paros, confluencia de barcos de alquiler, ferries, autobuses que llevan al aeropuerto. Los fines de semana las islas se convierten en un hormiguero de personas que han acabado su sueño o que lo arrancan. Más que elegir esta isla como destino vacacional, la hemos elegido como refugio. Esta es la razón por la que hemos llegado a ella. ¿Y estos cientos de personas que bajan y suben a los ferries cargando sus maletas, qué buscan, por qué vienen?

En su faceta terrestre el capitán ha desarrollado un don muy particular: es atractor de seres humanos que quieren cumplir un sueño en Mallorca. Acuden a él personas adineradas que buscan adquirir una casa por cuestiones financieras; profesionales con recursos que desean cambiar su vida en un sitio más guay; emprendedoras con un proyecto que desarrollarían en la isla a modo de “laboratorio”; bienintencionadas que querrían ayudar a transformar un campo abandonado en un vergel; idealistas que desean crear el centro de yoga de sus sueños incluyendo sesiones de tambor al amanecer en los acantilados de levante… Creo que acuden a él porque cuando el capitán desembarca es pura tierra, barro puro, pedra en sec. Doy fe que gran parte de esos sueños que él acoge con todo respeto terminan deshaciéndose después de grandes dosis de empeño y frustración, hasta el punto de que en casa nos preguntamos si Mallorca es una “trituradora de sueños”.  

¿Por qué vienen? Más allá de sus diferentes razones, ¿por qué buscan un sitio en Mallorca? ¿Por qué compraría alguien una isla? El capitán considera que aquello que se le ofrece al soñador es tan fructífero en términos económicos, tan subyugante para la lógica neoliberal, que convierte la isla en un espejismo financiero: que si tienes vuelos a todas partes, que si tienes la playa cerca, que si sus habitantes son hospitalarios, que si las carreteras, que si el paraíso, que si las infraestructuras, que si el continente queda cerca, que si fu, que si fa… Y, cegados, los soñadores apenas pasan a hacerse la siguiente pregunta y meten en su maleta sus particulares ovejas eléctricas.

¿A qué sabe una tarjeta de crédito?

Chaplin nos enseñó la receta en “La quimera del oro”. Se cuece hasta que quede blanda, se sirve con un poco de su jugo y se reparten los trozos con esmero en cada plato. En el GoOn cocinamos a bordo. Tenemos las especias que vamos encontrando, sal de cocó recogida por J.R. senior y secada al sol por el capitán, un vinagre de granada que compré porque no entendí la etiqueta (lo confundí con el de manzana) y que ha resultado un descubrimiento, aceite que procuramos que sea de los imposibles (de alguna marca local o, como hemos visto esta tarde en el puerto de Paros, de algún particular que  vende el suyo a granel)… Podríamos hacer un buen guiso de cualquier alimento, salvo de tarjetas de crédito. 

Lo escaso cotiza en bolsa y lo hace al alza. La energía, el alimento (y más los que no son transgénicos ni ultraprocesados), el techo, la tierra que habitamos, el agua, el aire puro… son bienes que estamos consiguiendo que sean escasos. Y en este caldo de cultivo sacralizamos el acto de alcanzar nuestros sueños, nuevo Dios en el panteón neoliberal. No podemos no tener un sueño, sin un sueño que cumplir eres un fracasado en esencia, una persona sospechosa. Además, qué vida más triste sin un deseo lo suficientemente grande como para aliviar este malestar. Tengamos un sueño a falta de utopía, un sueño individual en lugar de un proyecto común. Cumplamos nuestro sueño y no nos preguntemos. Subámonos a este tren aunque no tengamos con qué encender el motor. Soñemos con el paraíso, que para eso estamos de vacaciones.

El magnate que compre esta isla u otra o reforme las grandes posesiones para convertirlas en palacios, tiene la capacidad de arrastre suficiente como para traerse a su propio equipo, a quienes convencerá haciéndoles sentir que ese es el lugar que esperaban para ser felices, para sentirse mejor, para alejarse de la realidad incómoda. Son ellos los que llegan a esta o aquella isla, con la maleta llena de ovejas eléctricas, que irán contando en el trayecto, hasta que dejen de saltar. 

¿Qué opina el pequeño B de todo esto?

Este asunto ha atravesado las conversaciones a bordo del GoOn como esa canción de la que no recuerdas el nombre y le das vueltas una y otra vez. El más pequeño de los tres B no intervenía, pero escuchaba de la peor manera: apenas prestando atención pero con la suficiente presencia como para que el mensaje quede en el inconsciente. Para traerlo definitivamente a nuestras disquisiciones le pregunté abiertamente: 

  • ¿Tu querrías cambiar el mundo con tus amigos y amigas?
  • ¿Para qué?
  • Para que fuera más amable.
  • Pero ya lo es
  • Me refiero a cambiarlo para que más personas pudieran disfrutar de él, en equilibrio, en armonía…
  • Ah
  • … para que fuera más justo, para que hubiera menos hambre, menos guerras…
  • Vale

Y me enseñó una concha con forma de mariposa que el capitán había encontrado en el mar, y después me hizo una foto de las suyas.