Las islas del Nadie, Nunca, Nada, No

Son las menores de las Cícladas, NO tienen aeropuerto, algunas están deshabitadas y otras apenas superan el millar habitantes. Milla tras milla se nos ha perdido la vista sin ver a NADIE. NO son vergeles. NO tienen el glamour de los paraísos perdidos. Acumulan pasado de manera casi anónima. El viento puede retenerte en ellas cuando menos te lo esperas y ahí te quedas, en medio de la NADA, porque la vida en ellas está muy cerca del vacío, de ahí que sus amaneceres, sus atardeceres y sus firmamentos reinen con todo su esplendor. Son de esas islas que NUNCA aparecen en los titulares de los periódicos por mucho que figuren en las guías turísticas. 

Es precisamente esta suma de NADIE, NUNCA, NADA y NO lo que las hace atractivas a las personas del Norte Global. Su particular vacuidad roza lo exótico para quienes estamos acostumbrados a tener los bolsillos y los estómagos llenos. Nos parecen un destino extraordinario porque procedemos del reino de la saturación. Hablo en plural porque yo formo parte de ese Norte Global, por mucho que me fastidie y por mucho que me afinque en sus márgenes.

La sandez puede ser la menor de las mentiras 

La tripulación que llega al GoOn procedente de Baleares trae en su maleta el malestar por la saturación en las playas, en los taxis, en los aparcamientos, en el transporte público, en los hospitales, los puertos, los aeropuertos, las depuradoras, los servicios judiciales… Por mucho que ciertos personajes de la clase política se atrevan a decir la sandez de que se trata de una sensación (sabiendo que mienten), las cifras cantan por sí solas. 

Por ejemplo, según el Instituto Nacional de Estadìstica, desde 2010 la población de Baleares se ha incrementado un 50%. Nuestro modo de vida parte de esta realidad y la empuja hacia un mayor caos, de tal modo que el parque automovilístico de las islas actualmente supera el millón de vehículos, con una tasa de 950 coches por cada 1.000 habitantes (el más alto de España) a los que hay que sumar los que llegan al inicio de la temporada turística para satisfacer la demanda de los rent a car. El propio sector ha pedido este verano al Govern que ponga un límite y prohíba incrementar la actual flota de alquiler de 75.000 vehículos. 

Elegir un anuncio como destino

Es por esta vida invivible por la que quienes habitamos en las islas de la saturación pasamos de puntillas por las atiborradas del Egeo (como Santorini o Mikonos) y buscamos con dolor, rabia y desconsuelo el alivio de ese NADIE, NUNCA, NADA y NO de las pequeñas Sifnos, Poliegos o Kimolos. Pero si volvemos la vista atrás, si asumimos que regresaremos a la tierra que apenas le da para acogernos las preguntas saltan de la punta de nuestra lengua como espumas de olas: ¿Qué excepción están buscando las personas que llegan a las islas saturadas? ¿Les gusta o la integraron como algo normal? ¿Eligen la congestión como destino o se encuentran con ella creyendo que iban a esa “isla de la calma” de la que tanto hablan los negocios turísticos? Tanto si la toleran como si consideran que la aglomeración es una condición natural del ser humano, ¿cómo será la congestión de la que proceden? 

Me contaba una amiga de Menorca que es imposible bañarse en Cala en Turqueta desde que una conocida marca de cerveza rodó su spot publicitario allí. Ahora todo el mundo quiere hacerse una fotografía en el mismo lugar que la chica del anuncio, con la botella en la mano. Lo más pérfido es que por lo visto allí no se distribuye esa marca. ¿Qué deseo quieren colmar los miles de personas que cada año acuden al paraíso publicitado para hacerse ese selfie, desplazando la vida (humana y no humana) de aquel lugar?

El capitán cree avistar focas y callamos frente a las rocas desnudas, oteando cuevas en las que podrían sobrevivir otras vidas. Las preguntas se aplazan, pero no desaparecen.

¿Darse a la buena vida o una vidorra?

Aún es verano, queremos entregarnos a la buena vida, pero ¿Cómo lo hacemos posible? Porque quienes eligen la saturación y quienes elegimos el NADIE, NUNCA, NADA, NO definiríamos de manera opuesta el “buen vivir”. No se trata de una simple contradicción, encaminarnos hacia ese deseo genera paraísos incompatibles ¿Qué tipo de utopía soñamos y qué distopía vamos dibujando a cada paso? 

No puedo hablar por esos “otros” que al bajar del megacrucero invaden la calzada por la que me dirijo al trabajo, al dentista, a la clase de saxo, al gimnasio, a mi hogar… pero sí puedo hacerme eco de quienes se embarcan en el GoOn y conversan, debaten y, sobre todo, duermen sobre el agua preguntándose por el viento que hará mañana. Vivir en un velero, y más de la manera en la que lo hacemos, implica conectar con la vulnerabilidad y asumir nuestra interdependencia no sólo con las personas con las que compartimos el viaje sino con la naturaleza y sus manifestaciones vitales: olas, tormentas, brisas, amaneceres, la sombra de los pocos árboles, el brillo de las escasas noctilucas… 

Reconocer la fragilidad de la vida, no dar por supuesto su fortaleza, es un punto de partida que desmonta la quimera falsa, dañina y masculinizada de la autosuficiencia como objetivo existencial. Además, nos permite situarnos ante el espejo oculto de la dependencia inmolada y feminizada, que atraviesa todos nuestros actos de manera sutil. Ya no se trata sólo de poder (las mujeres al frente de un velero siguen siendo una excepción) sino de la toma de decisiones. Llevo años insistiendo que las operaciones de amarre, fondeo, izar velas… no se hacen del mismo modo con mujeres que con hombres aunque el resultado sea el mismo, a no ser que te adaptes a los códigos masculinos. No asumir esta diferencia facilita que las mujeres terminen relegadas a bordo a un papel subalterno vinculado con la dependencia.

(Foto de Magdalena Molina)

Somos interdependientes, y a mucha honra

El caso es que somos interdependientes, ecodependientes, dependientes a secas, y como tales, no tenemos más remedio que revisar nuestra relación con los límites, con el bienestar y lo que consideramos su opuesto, la escasez. El miedo a la escasez nos empuja a poseer. La escasez es la diosa que nos lleva a medir de una determinada manera la abundancia. Es fácil confundirla con la riqueza al relacionarla con los bienes materiales y los servicios que adquirimos a través del dinero. La escasez es rentable en la cultura neoliberal. Se utiliza como argumento para imponernos sacrificios radicalmente desiguales y para legitimar los mecanismos de libre mercado como la forma más eficiente de gestionar los recursos. Esta idea de escasez nutre la insaciabilidad, es el marco desde el que se prescriben los límites y… ¡vuelta la mula al trigo!: nutrimos por el revés la saturación. Creemos de manera esencial, aunque nos digamos en alto lo contrario, que toda persona será más feliz cuanto más consuma. Por mucho que repitamos que el decrecimiento es necesario, es fácil caer en la compulsión de la compra en las horas bajas, en esos instantes en los que te sientes menos. Somos hijos e hijas de esta cultura de la que tanto cuesta desprenderse. Por eso nos hemos ido alejando de los procesos vitales de manera individual y colectiva y nos cuesta tanto realizar el camino de regreso. 

A bordo del GoOn la vida quiere ser buena y quienes la vivimos procuramos que así sea precisamente aliándonos con la escasez. En un velero el consumo del agua, de los alimentos y la energía eléctrica, es limitada, sin embargo, en el nuestro no hay día que no nos sintamos abundantes. Se trata de una limitación que no procede de una norma y que tampoco se impone desde fuera, porque puertos y clubes náuticos existen por doquier. Nuestras rutas están trazadas con la escasez como aliada, entre otras razones porque de este modo logramos integrar en el fluir de la vida nuestra propia fragilidad, el paso del tiempo, la enfermedad, los duelos, la muerte… y eso, eso, es verdaderamente liberador.

¿Son felices porque consumen lo que poseen?

En uno de estos días desperté con una afirmación: “somos holobiontes en un planeta simbiótico”. Jorge Riechmann bebía en la bióloga Lynn Margulis y en el filósofo Manuel Sacristán para buscar una nueva autopercepción como individuos y como especie.

Quizás quienes acuden a las islas de la saturación puedan sentir que son felices porque consumen lo que han adquirido, de manera individual, amparados por el “yes, you can”, el afán de superación, la mistificación de los deseos, la obligatoriedad del crecimiento… Y en medio de su desorientación buscan como locos formar parte del atardecer perfecto apelotonándose en el mismo mirador, como vimos desde el mar en la puerta de Apolo, en Naxos. 

Quienes, atravesados por su invasión, apostamos y nos conmovemos por habitar en ese horizonte azul con el que se hacen selfies, tenemos la posibilidad de asomarnos a la vulnerabilidad de la vida en el mar y así reconocer y experimentar todos sus ciclos.

Bordeamos Poliegos como el hambriento que rebaña una sardina, atravesados por su solitud. El hecho de estar deshabitada la ha convertido en uno de los últimos lugares del Mediterráneo al que acude la foca monje para reproducirse y los halcones de Eleonor encuentren allí su guarida Aunque parte de la isla es propiedad privada y otra parte pertenezca a la iglesia, el hecho de que apenas tenga agua o sombra y el Meltemi (fuerte viento procedente del Norte) la considere un caramelo, hace que allí el NADIE, NUNCA, NADA y NO se imponga. 

Menos no es un lugar lúgubre

En el GoON el eslogan “Menos es más” no se refiere solo a la cantidad de bienes que llevamos en la maleta. Para empezar, se trata de una ética de la contención voluntaria, medida en términos físicos, pecuniarios y también de poder (el reparto de tareas a bordo desacraliza incluso el papel del capitán), que afirma el disfrute de la vida. Esta ética facilita el cambio de cosmogonía necesario para redescubrir otro tipo de buen vivir: el colectivo, el relacionado con la justicia, la redistribución y el hermanamiento. No es que regresemos a tierra en rebeldía, solamente es un primer paso, una sencilla ventana que se abre a otra posibilidad, pero ahí está, con esas brisas llenamos nuestros pulmones.

Así, asimilando asombros y ejercitando la contemplación de la belleza, disfrutando con lo que ya tenemos y lo que se nos ofrece, quienes compartimos las travesías abrimos aún más la brecha que nos separa de la buena vida proclamada en las islas de la saturación. Esa vida que se acerca a la vidorra, una existencia de capricho a costa del resto, un exceso que menosprecia el agudo sufrimiento de quienes no aspiran sino a la supervivencia y de quienes, sin aspirarlo, siguen extinguiéndose. 

Soy de las que insisten que la sexta extinción ya ha llegado a nuestros platos, que la comida mediterránea empieza a ser también una idea, un mito con una suit en el Olimpo. No hace falta más que ver las redes vacías de los pescadores en el puerto y los embarcaderos pudriéndose ante nuestra mirada extasiada por su decandencia.

Esos derechos mercantilizados que nos hacen venirnos arriba 

Está demostrado que poner límites no es suficiente, aunque sea necesario. Limitar el número de vehículos de alquiler, de plazas hoteleras, de alquiler vacacional, de cruceros… son medidas relevantes, pero el cambio necesario, el freno radical que permita regresar al buen vivir, ha de proceder de otro lugar. En la anterior crónica proponía que se trataba de en desacralizar los cielos, lo que implica cambiar de cosmología. Poner encima de la mesa a los dioses de nuestra cultura (libertad, derechos, democracia…) y diseccionarlos. 

Por ejemplo, diseccionemos al dios “Derechos”. Solemos reivindicarlos olvidando que están mercantilizados y por eso se convierten en privilegios que nos vienen concedidos por la posición de poder que ocupamos en esta sociedad. En este afán vacacional de no hacer nada, no tomar decisiones, que nos sirvan, regresar a la primera infancia en la que nos dan de comer, de beber, nos cambian la ropa en la que dormimos, nos mecen… se nos olvida que es bastante fácil que se trate de un privilegio defendido a costa de vulnerar los derechos de otros. 

A base de hacerme amiga de las mujeres que se dedican profesionalmente a los cuidados hoteleros (las que se autodenominan Kellys), me he planteado que un criterio para seleccionar una plaza hotelera sería no sólo conocer su huella ecológica sino el tipo de contratos de su plantilla. Claro, que para tener este criterio necesitaría que esta información pudiera ser accesible.

Hijas de un dios menor

Kimolos es tan menor que nadie recuerda a un dios o una diosa del Olimpo en ella. Mientras subimos la empinada cuesta que separa el puerto de la Chora o Horio (el corazón de la pequeña ciudad) retomo la idea de desacralizar los cielos que quedó en el aire en la anterior crónica. Afirmo, bajo un sol de justicia, que desacralizarlos implica quedarse a solas ante un Olimpio vacío para abrazar la tierra con los ojos llenos de asombro y las manos dispuestas a cultivar nuestros vínculos.  

¿No sería una política absolutamente radical la que fuese capaz de tomar en serio y convertir la muerte, la enfermedad, la vejez, la reproducción de la vida hasta su último instante y grado en el motor de su quehacer? ¿Cómo construir interdependencia si, en lo posible, seguiremos desentendiéndonos de una tarea tan desagradable como la de recoger la basura? ¿Cómo lograr un reparto equitativo del trabajo doméstico si queremos seguir tan lejos de nuestra propia suciedad como podamos? ¿Cómo asumirnos holobiontes si seguimos teniendo miedo a lo que no controlamos? El rechazo a la frustración y al malestar nos aleja del buen vivir y nos empuja a buscar paraísos donde no los hay. 

Este es uno de los veranos en el que los habitantes de las islas de la saturación más hemos llorado el paraíso perdido. Al Antropoceno, el cambio climático, a la suma de las crisis económicas, se nos ha sumado el impacto de la insaciabilidad. Los impactados por los medios de comunicación celebran la muerte de la Queen de un país enriquecido por su política colonial durante siglos. Los defensores de los privilegios declaran luto oficial porque ha desaparecido uno de sus iconos. A su sombra lloramos por nosotros, los nuevos subalternos, los isleños que viven en sus carnes las dentelladas de la colonización de quienes tienen más poder adquisitivo e imponen sus paraísos financieros, inmobiliarios, mercantiles… Nos han convertido en hijas de un dios menor y eso nos arrincona en el paraíso.

Las vidas que nadie llora

Se nos olvida que por debajo de esas vidas lloradas están aquellas cuya pérdida nadie llora y sin embargo son precisamente los pilares sobre los que se derrumba el paraíso. Por ejemplo, la de mi amiga Patricia, que tuvo que cerrar su peluquería con la crisis y ahora limpia las cocinas de un hotel con un contrato fijo-discontinuo. Tal y como afirma Judith Butler en “Marcos de guerra. Las vidas lloradas”: “Una vida concreta no puede aprehenderse como dañada o perdida si antes no es comprendida como viva (…) Hay ‘sujetos’ que no son completamente reconocibles como sujetos y hay ‘vidas’ que no son del todo —o nunca lo son— reconocidas como vidas”.  

En el último cambio de tripulación se han subido dos mujeres, una relacionada con el ámbito educativo y otra con el entorno de la salud. Ellas saben sobre el dolor y sobre las emociones, con ellas afirmo que una isla es un cuerpo y viceversa; que “No es No” también en lo que se refiere a las heridas del territorio; que del mismo modo que el conocimiento no se adquiere poniendo límites, no se alcanzará la solución frenando la voracidad. Necesitamos una nueva utopía que oriente los pasos comunes, nacida del reconocimiento de nuestro saber ancestral, tan enterrado en el Norte Global al que pertenecemos. Necesitamos hacer el lento recorrido hacia atrás para poder regenerar la vida y esto supone, entre otras acciones, asumir la melancolía por lo perdido como el primer paso de una transformación tan dolorosa como saludable. Ya basta de soñar con la vida que querríamos vivir (por ejemplo, si nos tocara la lotería), ya es la hora de preguntarnos qué vida merece ser vivida.