Fondeadas en el tiempo de los buenos días

Seguimos en Kimolos por una suma de minúsculas razones; todas tienen que ver con el dar y el recibir los “buenos días” de las personas que nos cruzamos por el camino. No nos conocemos, ni siquiera hablamos el mismo idioma, es evidente que procedemos de diferentes tierras, sin embargo nos tomamos el tiempo para reconocernos. Una señora guarda la llave de su casa a los pies del escalón. Al saludarnos afirmamos “te veo, me ves”. La calle guarda silencio. Con una pequeña inclinación de la cabeza, murmuramos “Kalimera” y de alguna manera estamos diciendo “estoy contigo, gracias por recibirnos, hoy también la vida nos acompaña”. Otra mujer levanta la regadera al saludar con el gesto y sonreír su “Kalimera”. Nos está respondiendo “te doy la bienvenida y te deseo un buen día” y a continuación regresa a las flores.

El intercambio no dura más que unos segundos pero genera realidades. En Kimolos nos tomamos ese minúsculo tiempo una y otra vez, sabiendo que estamos creando mundo. No lo hacemos por educación sino por amabilidad (cualidad de un individuo para ser amado). Saludo tras saludo, mirándonos a los ojos, formamos parte de un murmullo compartido: Te veo con todo lo que eres, estamos aquí, tu nombre no es importante, tampoco el mío, somos parte, un ser humano más, un ser cualquiera digno de ser amado… 

Cómo saber si una ciudad es amable

Mientras el capitán y yo hacíamos las últimas compras de comida fresca antes de zarpar (spoiler: salimos, llegamos a la cueva de la foca invisible en Poliegos y regresamos a la costa norte de Kimolos al caer la luz, esto sí que es adicción), me dio por pensar que una forma de determinar si el espacio en el que vivimos es amable es medirlo en “buenos días”. Un lugar amable sería aquel que nos facilitara el tiempo y el espacio para saludar a quienes nos encontramos por el camino.

Hacerlo en el centro de Palma, por ejemplo, sería una locura, y más si ha llegado a puerto uno de esos cruceros con miles de turistas con ganas de “ver mundo” en unas horas. Me imagino como la niña del exorcista, destornillándome la cabeza a toda velocidad saludando por doquier. Eso es lo que sucede en las grandes ciudades, en las medianas, en las calles e incluso en el edificio en el que vivimos. Como mucho, sólo reconocemos a “los nuestros”, “los que son como yo”, “los de mi tribu”, nuestros espejos con una diversidad limitada.

Según esta medida de la vida vivible, una ciudad sin tiempo ni espacio para los buenos días se consideraría abominable, en ella todo lo que no es como “yo” no poseería la cualidad de la amabilidad. 

La saturación expulsa el amor

Aún soy de las que establezco conversación con la persona que se sienta a mi lado en el autobús, si es que no lleva móvil y si se tercia, claro. Recuerdo que mi padre, al salir de casa para ir a trabajar, aún de noche, saludaba con alegría a las personas que, como él, madrugaban para ganarse la vida. Confirmé que aquel hombre me había robado el corazón el día en el que, en pleno Madrid, le deseó buenos días a la persona que repartía periódicos en la puerta del metro. Si puedo, me paro a saludar a los recién llegados a este planeta, darles la bienvenida y a dar la enhorabuena a sus mayores, es sólo cuestión de unos segundos.

No me había parado a pensar por qué me alegra tanto obrar así, pero esta mañana, entre panes y uvas, he caído en la cuenta de que no reconocer a quien me cruzo en el camino facilita considerarnos parte de una masa; no de un colectivo, no, de una masa informe en la que el otro y yo estamos incluidas. 

En la anterior crónica reflexionaba sobre la saturación. En una isla sobrepasada todo esto es imposible. Es más, lo que sucede es justo lo contrario: no es que formemos parte de la masa, es que la masa nos devora y ninguna de sus partes tiene la cualidad de ser amada, por tanto, no nos damos ni los buenos días. No nos damos, no hay espacio para el dar ni para el recibir. No nos reconocemos. 

Los turistas somos devoradores de tiempo

Los barcos de alquiler también entran y salen de este puerto en el que somos tiempo. Normalmente las personas que guardan una semana de sus vidas para navegar (suele ser lo habitual en los Charters) no dejan de mirar el reloj. Al llegar porque el “alma” y el cuerpo se mueven a distinto ritmo, y aunque el segundo ha llegado tras varios vuelos y sus retrasos, necesita al menos dormir una noche sobre el agua para que el alma también esté presente. Días antes de partir empezarán a devanar sus relojes, estarán pendientes, aunque no lo digan, de la ruta, de las tarjetas de embarque, de lo que les espera… Los turistas no “nos tomamos un tiempo”, sino que lo devoramos.

Quizás para desaturar “los destinos de vacaciones” debiéramos preguntarnos ¿cuánto tiempo he pasado con las personas que nutren mi vida? ¿Hace cuánto que no charlo sin mirar el reloj con aquel ser humano al que ya amo? Si estoy buscando un destino desconocido, quizás resulte que está a mi lado, quizás pueda llegar hasta él caminando. Quizás ese otro sea el lugar en el que pase mi estío. O quizás debiéramos de plantearnos cuál es el ritmo necesario para que la vida nos salude allá donde esté.

Probablemente no se trate de irnos de vacaciones sino de venirnos a la existencia.  

No hay colaboración sin tiempo dado

Negarnos a marcar una ruta forma parte de este de-venir. Sabemos que tenemos un destino pero en el GoOn nos dejamos llevar por lo que la existencia nos ofrece, nos dejamos afectar por el entorno, por esta tierra abandonada, su tiempo vegetal, sus habitantes aislados. Quizás nos hayamos quedado en Kimolos porque sí, porque queremos hablar con el pescador sobre si hay muchas o pocas focas, observar el caminar de la anciana, intentar infructuosamente acceder a la iglesia de San Juan Crisóstomo, participar en un humilde panegiri. Será porque nos apetece practicar el verbo “quedarnos”, reconocer el espacio que nos acoge y venir a nuestros vínculos esenciales para habitarlos, para recuperarlos, para no olvidarnos que somos menos que un “alguien” y más que un ”yo”. 

El capitán contempla lo que sucede delante de nuestros ojos mientras se llena lentamente el tanque de agua. El pequeño puerto ofrece tres puntos de acceso al agua potable. Es un servicio gratuito pero llega con un chorro delgado, recordándonos su preciada escasez. El hecho de que suceda durante horas lo que habitualmente dura unos minutos, permite al capitán asistir a una escena que conecta con otra forma de apreciar la vida: Tres hombres (miembros de la tripulación del pequeño ferry que había hecho su último viaje del día) se prestan a subir la embarcación de un anciano a su remolque. Es una labor que dura un largo rato, en el que los tres se afanan mientras tratan con suma delicadeza y respeto al hombre mayor, que se puso en ‘modo ayúdame’ en el sitio apropiado a la llegada del ferry. Se organizan, colaboran y obran con esa alegría de quienes hacen algo con placer. No sólo tienen tiempo, se lo han concedido para colaborar por un buen fin. 

Aquella barca no era en realidad del anciano sino de todos. De alguna manera los cuatro estaban haciendo florecer la vida. 

¿De qué nos escapamos?

Ahora que ha terminado el tiempo de las vacaciones por semanas, por quincenas o por meses, los touroperadores comienzan a ofrecer sus “escapadas” para los puentes y los fines de semana. Siempre me he preguntado cómo no nos preocupamos cuando nos ofrecen escaparnos de nuestra vida. ¿De qué norma, infierno, ley, necesitamos huir que tanto dinero genera? Sin darnos cuenta, al escapar dos/tres días de nuestra vida cotidiana lo que hacemos es nutrir precisamente esa esclavitud que nos atenaza. En dos días no da tiempo a saludar a nadie, ni a reconocer el lugar que te acoge, ni practicar el verbo “quedarse”.

Poner limites a ese turismo de escapada sería una forma de limitar la saturación. Una isla es limitada, un sueño no. La vida que soñamos vivir no cabe en este planeta. No hablo de “realidad” sino de espacio y tiempo.

Tras las vacaciones, quienes tenemos trabajo (más allá de si es digno o no) nos asomamos a nuestra agenda con energía renovada. ¿Se trata de eso, verdad? Se trata de acudir a los paraísos que hemos ideado como pollos sin cabeza, para disolvemos en la masa saturada y así olvidarnos de que somos una parte cualquiera de un todo herido. No es el turismo, es nuestra escapada constante. Tomamos aliento como quien sale en un lugar que huele mal para regresar a él con la respiración contenida. De este modo no cambiamos el mundo tal y como ensoñamos en nuestra utopía hecha en serie, sino que fortalecemos nuestros lazos con esa hedionda vida/ciudad.

¿Dónde queda en nuestras agendas el tiempo sin tiempo de la vida? 

Vamos de Kimolos a Poliegos como lentas pelotas de ping pong, saltando de una a otra en un particular juego espacio/temporal que nos permite despertar dentro del sueño. Dios no juega a los dados, dijo Einstein. En el GoOn aseguramos que tampoco juega al ping pong. Las manos que nos lanzan de una a otra orilla están hechas con todo lo que sabemos y no alcanzamos a decir, porque es universal y porque no pertenece ni tan siquiera a nuestra propia experiencia. 

En un intento por reconocer por qué nos va saliendo así la ruta logramos formular frases como “perdimos nuestra relación con el tiempo amable por una cuestión de espacio” o repetirnos que “Mallorca es una saturada trituradora de sueños” desde otra dimensión.   Ahora que recorremos las más pequeñas de las Cícladas entiendo que ambas frases están relacionadas. Una isla sobrepoblada es una isla en la que el espacio común, el que permite caminar con tiempo como para saludar al desconocido, el que facilita el reconocimiento al margen de la soberanía y la propiedad, ha sido robado. 

Los encuentros en las islas sobrecargadas son círculos viciosos cuando se producen en espacios privados (en ellos todo es igual a un mismo ideal) y son encuentros desalmados, reglados, cuando se producen en los territorios preservados por las instituciones políticas pues están hechos a la medida de quienes logran alcanzar la condición de ciudadanos/as. Sin un lugar no reglado, en el que sea posible una “común presencia” ¿cómo van a crecer esas utopías que tantas personas traen en sus maletas cuando llegan a Mallorca? 

Los sueños se desvanecen y los actos mueren, que no es lo mismo. 

En este planeta vivo, lo “muerto” nutre la vida, las aspiraciones son golpe de viento. Quizás debiéramos desear algo menos (de capital, de estado, de individuo…) tan menos como para que nuestros planes se conviertan en puro acto tangible, en un diálogo abandonado con el entorno. El recién llegado abandona su maleta en el aeropuerto y se queda en silencio hasta que llegue el amanecer en el que pueda decir buenos días al entorno, reconocerle y dejarse reconocer. Quizás debiéramos decir que Mallorca tritura los sueños transgénicos, aquellos que crecen sin espacio vivible ni tiempo amable. 

“Te vendería la botella de whisky pero a tí no te conozco”, es una frase de la inolvidable película “Yo”, de Rafa Cortés. En ella el protagonista (un trabajador alemán recién llegado a la isla interpretado por Alex Brendemühl) acude a un bar para comprar una botella de whisky que ve en el mostrador. Quien le atiende (Miquel Pujol, en la vida real conocido como ‘Miquel des forn de sa Pelleteria’) le escucha pero no se la vende porque nadie les ha presentado, es un hombre sin referencias. Este desencuentro llevado al extremo de la ironía resuena en nuestras reflexiones. Primero reconozcámonos, parece querer decir el personaje.

La atmósfera

Después de todas estas diatribas, ahora que el mar nos mece y la noche acabó con las sombras, ahora que el territorio es pura tierra, rocas, arena, fósiles, tiempo lento de vegetal abandonado en una tierra que dejó de ser abrazada apenas hace 50 años, se me ocurre que quizás la razón por la que no logremos despegarnos de estas pequeñas islas sea por su “atmósfera”, hecha del aliento de esas personas sin nombre que permanecen en ellas. 

En cada puerto al que llegamos me hago la misma pregunta: ¿por qué no se van?, ¿por qué no escapan? ¿Porque ya están fuera? ¿Y de qué escaparían si así lo propusieran? No es sólo el hambre o la miseria lo que empuja. Si nos encontramos con ellos al cruzar nuestra puerta de salida, ¿dónde está la suya? Todos tenemos sombra ¿Es la suya distinta a la nuestra? ¿Acaso el buenos días deshace la barrera y dejamos de ser “nosotros” y “ellos” para no ser?